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viernes, 24 de abril de 2009

Ultimos análisis de La Señora Dalloway

Tomado del Taller de Lectura de Liliana Costa: “Mrs. Dalloway” de Virginia Woolf

Mrs. Dalloway parece una obra sencilla, pero es el fruto de un proyecto ambicioso, en donde Virginia Wolf explora el comportamiento del ser humano y su complejo mundo interior.

Durante su vida, la escritora atravesó episodios dolorosos de inestabilidad mental que la llevaron finalmente al suicidio, cuando tenía 53 años. Padecía de jaquecas que la postraban en cama, de frecuentes bronquitis, insomnio y falta de concentración; unido, todo esto, a una energía física impropia de una mujer menuda y enfermiza. Por ello, quizá, fue capaz de transmitir la angustia ante el dolor, la desesperación y la muerte; ingredientes de la tragedia humana, que cuando se instalan en nuestras vidas, las trastocan.

James Joyce publicó “Ulises” en 1922, novela que relata un sólo día en la vida de un hombre ordinario, en Dublín. Woolf hace lo mismo en 1925, pero elige a una mujer, como protagonista, y la sitúa en Londres. Clarissa Dalloway ya había aparecido como personaje en su primera novela, “Viaje de Ida” escrita en 1915, y luego aparecerá también en una colección de cuentos publicada en 1923: “Mrs. Dalloway en Bond Street”. Es por lo tanto un personaje recurrente en su obra y en esta novela tiene pinceladas suyas: ella también sufre de dolores de cabeza, tiene la misma edad de la autora cuando escribe la novela, la relación con los maridos es muy parecida, etc.

UN DIA Y TRES TIEMPOS:

La línea argumental es simple y narra un acontecimiento banal: Mrs. Dalloway se prepara desde la mañana para recibir a sus amigos esa noche, en su casa. En la fiesta se reencontrarán personas que han dejado de verse durante años, y debido al reencuentro la historia se desarrolla en tres tiempos que se alternan: el pasado que compartieron, el presente que los reúne y enfrenta, y el futuro que los espera.

Desde los preparativos, Clarissa se deja invadir por los recuerdos:

“¡Qué emoción! ¡Qué zambullida! Porque no era otra la sensación que tenía siempre en Bourton…” (pág. 7).

La protagonista se traslada a su adolescencia en Bourton, el campo, lugar en donde frecuentaba a los amigos que vendrán a su casa esa noche, y en donde conoció a su marido. Volver al pasado le permitirá analizar el presente, examinando el por qué de sus elecciones y proyectando a la vez su futuro, que en una mujer de más de 50, será la vejez.

Esta dinámica permite que el lector se enganche rápidamente, porque todos, en algún momento de nuestras vidas, nos hacemos las mismas preguntas: ¿hice bien cuando…?, ¿hubiera sido más feliz si…?, ¿no habría resultado mejor que…? Dudas que Clarissa y Peter se plantean constantemente a raíz del encuentro, intentando evaluar las consecuencias de sus propias elecciones.

Clarissa reconoce la fuerte atracción que un hombre como Peter ejerció sobre ella. Cuando vuelve a verlo, vuelve a sentir esa chispa, esa electricidad, esa provocación que fue parte del juego amoroso; pero ante ese juego, que ella encontró peligroso, valora la estabilidad y la serenidad que Richard Dalloway, su marido, le ofrecía, y le ofrece. La estabilidad es la base de su relación matrimonial, madura y serena como buenos compañeros, pero carente de misterio y emoción. Son colegas, más que enamorados. La pasión está excluída.. Clarissa eligió buscando seguridad.

Los recuerdos serán el mecanismo consciente que utiliza Woolf para narrar la historia. Recordando pueden incorporar el pasado en el presente y enriquecerlo con el nuevo material:

“…los recuerdos reaparecían en el parque de St. James en una espléndida mañana, ¡ya lo creo que reaparecían. Pero Peter- por muy hermoso que fuera el día, y los árboles y la hierba, y la niñita vestida de rosa- no veía nunca nada. Se ponía las gafas si ella le decía que lo hiciera, y miraba. Pero lo que le interesaba era la situación del mundo; Wagner, la poesía de Pope, y siempre el carácter de las personas y los defectos del alma de Clarissa. ¡Cómo la reñía! ¡Cómo discutían! Se casaría con un primer ministro y esperarían que llegaran los invitados a lo largo de la escalera, la perfecta anfitriona, la llamaba (Clarissa había llorado a solas en su cuarto por ello), tenía todas las cualidades de la perfecta anfitriona, decía Peter”. (pág. 12)

Como se puede apreciar, lo que el amigo le criticaba a la joven Clarissa, crítica que a ella le molestaba por el tono de burla y de presagio que tenía, es precisamente aquello en lo que Clarissa se ha convertido. El pasado se ha hecho presente, cerrando el círculo. Esa noche, Clarissa estará en los salones de su casa recibiendo a sus amigos como una perfecta anfitriona, imagen que creó Peter para ella en su atrevida proyección.

Los sueños son también un mecanismo para relacionar el pasado y el presente, mecanismo que pertenece al mundo del inconsciente. Cuando Peter está en el parque, se despierta de una siesta y recuerda unas palabras de su sueño, palabras que fueron importantes en su pasado:

“Cuando se despertó, lo hizo de manera extraordinariamente súbita, diciéndose “la muerte del alma”.

“¡Señor, Señor!, siguió diciéndose en voz alta, estirándose y abriendo los ojos, “la muerte del alma”. Las palabras s e incorporaron a una escena, a una habitación, a algún momento del pasado con el que había soñado. Y enseguida supo con mayor claridad cuáles eran la escena, la habitación y el momento del pasado con los que había estado soñando.

Era en Bourton, durante el verano, a principios de la década de 1890, cuando estaba tan apasionadamente enamorado de Clarissa. Había muchas personas reunidas…” (pág. 68).

La historia comienza y termina en un tiempo real: se inicia en la mañana, continúa en la hora del almuerzo, se detiene en la modorra de la siesta y las horas que quedan de la tarde, para culminar esa noche en la fiesta.

Y así como la narración tiene mañana, tarde y noche, los personajes también fueron jóvenes (tuvieron mañana), luego adultos (están en la tarde) y viven conscientes de la proximidad de la vejez (que será la noche).

Sin embargo, a pesar del paso del tiempo que todo lo transforma, hay algo que es inmutable: la esencia de las personas, ese conjunto de elementos que perduran más allá de las formas. En el caso de Clarissa, por ejemplo, ella “era” y ella “es” una gran anfitriona. Esta es la frase clave al inicio de la novela, y con la imagen de Clarissa moviéndose cómodamente entre sus invitados, o sea convertida en la perfecta anfitriona, termina la novela. Exactamente lo mismo sucede con Peter: al comienzo de la novela, Clarissa recuerda una frase que le dijo Peter cuando era joven y que lo definía a él:

“…prefiero las personas a las coliflores” (pág. 8).

Y al final, en la fiesta, él responde confirmando lo que dijo años atrás:

“A él no, no le gustaban las coles, dijo Peter”. (pág. 216).

La imagen del reloj que e repite con insistencia, simbolizando el paso del tiempo. Se oyen constantemente las campanadas que marcan las horas, recordándonos que la vida, el relato, y los personajes avanzan, se mueven hacia adelante. El movimiento es imparable, Mrs. Dalloway camina, cruza la pista, sube las escaleras, va de un grupo a otro, su vitalidad se refleja en un movimiento continuo.

Sin embargo, a pesar de que el tiempo de la realidad es lineal, la voluntad puede alterar ese ritmo volviendo hacia atrás con total libertad. O interrumpiéndolo bruscamente, como hace Septimus al suicidarse.

PUNTOS DE VISTA:

Hay otro elemento que contribuye a enriquecer el mundo que se presenta, y es la multiplicidad de los puntos de vista. Los personajes son vistos por ellos mismos, y por los otros, en un juego de contrastes interesante. El narrador se introduce en sus mentes para reproducir aquello que piensan, no interesa solamente lo que dicen.

La variedad de puntos de vista se percibe, por ejemplo, cuando Septimus tiene una crisis de ansiedad en el parque. Una mujer que por ahí pasaba, y que no sabe nada de la enfermedad de Septimus, piensa que se está peleando con Reiza:

“…qué extraño era, aquella pareja a la que había preguntado como llegar al metro, y la muchacha sobresaltándose y moviendo bruscamente el brazo, y el hombre…, le había parecido tremendamente raro; quizá estaban riñendo; separándose para siempre…” (pág. 33).

Peter, quien también se cruza en el parque con Septimus y Reiza, al verlos discutir concluye que el vigor de la pelea es producto de la juventud de la pareja, no de la enfermedad que Septimus padece y que Peter ignora:

“Y eso es ser joven, pensó Peter Walsh mientras pasaba junto a ellos. Tener una discusión terrible- la pobre chica parecía absolutamente desesperada a media mañana.” (pág. 81).

El estado mental de Septimus es abordado por la autora desde el sufrimiento de quien la padece, y también desde el punto de vista de Reiza, su mujer, quien la sufre pero no la tiene. Y no basta con Reiza, también aparece el punto de vista del médico, que es un acercamiento teórico, alejado de la realidad. ¡Cuánto hay de crítica al psiquiatra que no llega comprender y calmar a su paciente, crítica que parte de una escritora que sabe lo que es una enfermedad mental y lo duro que resulta cuando el especialista no sintoniza con el enfermo! Resulta patética la teoría científica cuando se centra en establecer normas y pautas, ignorando la angustia y la propia enfermedad que es fortuita.

Otra escena que contribuye a crear diversidad de opiniones es cuando aparece el coche de lujo, con las cortinas cerradas. Todos especulan sobre la persona que va dentro, cada uno imagina algo distinto y Septimus se angustia y lo relaciona con la muerte.

O cuando vuela un aeroplano sobre el parque: cada personaje ve algo distinto en las letras que se forman. Frente al hecho objetivo, tenemos varias repuestas, la subjetividad de cada uno modifica las versiones.

No sólo cambian los puntos de vista, cambia constantemente el escenario en donde se mueven los personajes: la narración va del campo (Bourton) a la ciudad (Londres); del parque a la casa, de la calle a la fiesta. Tenemos también una visión de Inglaterra de un inglés que ha vivido fuera y por lo tanto tiene una perspectiva distinta: Peter regresa de la India y es capaz de tomar distancia, como lo haría un extranjero, y en algunos casos opina como si lo fuera. Su postura contrasta con la de aquellos ingleses que no se han alejado de sus fronteras.

El movimiento de la cámara es continuo, y en muchos casos algo que sucede en el exterior, en el mundo objetivo, nos lleva al interior, dentro de un personaje. Cuando Clarissa se encuentra esa mañana con Hugh y repara en su sombrero:

“…sintiéndose muy fraternal y, al mismo tiempo, extrañamente preocupada por su sombrero. Inadecuado para primera hora de la mañana, ¿era ese el problema? Porque Hugh siempre lograba, con su apresuramiento- mientras se quitaba el sombrero de una manera un tanto excesiva y le aseguraba que podía ser una muchacha de diez y ocho y que, por supuesto acudiría a su fiesta poro la noche, ya que Evelyn no estaba dispuesta a perdérsela, aunque él quizá llegara un poco tarde, después de una fiesta en Palacio a la que tenía que llevar a unos chicos de Jim-, que se sintiera un poco insignificante a su lado; como si no fuese más que una colegiala; pero viéndolo siempre con afecto, en parte porque lo conocía desde siempre, y también porque lo creía una buena persona a su manera, si bien a Richard casi lo sacaba de quicio y Peter Walsh por su parte, nunca le había perdonado que lo viera con buenos ojos”. (pág. 11).

Este párrafo es un monólogo interior, que comienza a gestarse a raíz del sombrero de Hugh y luego termina en una reflexión sobre el personaje, cómo se siente ella ante él, cómo lo veía Richard a Hugh, y cómo Peter la veía a ella por mirar a Hugh de buena manera. Un conglomerado de opiniones que se producen de manera espontánea en la mente de Clarissa y que van del sombrero al amigo.

Otro ejemplo de este discurrir mental que parte del mundo exterior hacia el interior, es el pasaje en donde Peter observa a una mujer atractiva, y a partir de la imagen que percibe, inventa una historia. Lo que hace es crear un personaje que nada, o muy poco, tiene que ver con la mujer de carne y hueso que camina delante suyo.

LOS EJES DE LA NOVELA: CLARISSA Y SEPTIMUS:

Hemos señalado la presencia continua de contrarios: pasado y presente, campo y ciudad, juventud y madurez; y habría que añadir: vida y muerte. O más bien, salud y enfermedad mental. Clarissa representa la vida y la salud, Septimus la muerte y la locura.

¿Cómo se estructura la novela teniendo en cuenta estos dos ejes? Clarissa y Septimus se cruzan por la mañana, en plena calle, contemplando el carro del personaje importante. Clarissa piensa que es la reina la que va dentro y se alegra, Septimus piensa que algo va a estallar en llamas y se asusta.

Luego, a mediodía:

“Clarissa extendía el vestido verde sobre la cama, y los Warren Smith bajaban por Harley Street, estaban citados a las doce”. (pág. 107).

Más tarde, cuando Clarissa se prepara para disfrutar la fiesta, Septimus Warren Smith acude al doctor a causa de su enfermedad. La narradora se encarga de hacer el nexo de manera explícita.

Y por último en la noche, el médico llega tarde a casa de los Dalloway y cuenta que un paciente suyo (Septimus) se ha suicidado. Se unen finalmente los dos ejes narrativos: la vida, cuyo símbolo es la fiesta, y la muerte que irrumpe en esa fiesta como una triste noticia.

La vecina de Clarissa, que es una mujer vieja, se le aparece constantemente a la anfitriona, recordándole la vecindad de la muerte. Clarissa le da la espalda y regresa a buscar a sus amigos, un gesto evidente de su apuesta por la vida.

Mrs. Dalloway no sólo representa la vida, la celebra. Veamos algunos ejemplos:

“…estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, aquel instante del mes de junio”. (pág 9).

“…Lo que a ella le gustaba era, sencillamente, la vida”. (pág. 183).

Del otro lado, Septimus representa la muerte, la elige incapaz de asumir la vida que lo desborda.

Clarissa es el personaje central. Peter la define:

“…¡qué generosa era Clarissa con sus amigos! ¡Y que poco frecuente resultaba la generosidad! Por lo que, a veces, de noche, o el día de Navidad, cuando repasaba las cosas buenas que le habían sucedido, ponía a aquella amistad en primer lugar. Eran jóvenes, eso tenía mucha importancia. Clarissa poseía un corazón puro; eso era fundamental. Peter la catalogaría de sentimental. Y tendría razón. Porque había llegado a comprender que lo único que merecía la pena decir era lo que uno sentía. La listeza era una tontería. Se tenía que decir sencillamente lo que se sentía” (pág. 215).

La novela está construida alrededor de ella. Mrs. Dallowy es la conciencia: piensa, elabora, reflexiona, estrecha lazos, y sobre todo ofrece un espacio para que los otros personajes se relacionen: hoy organiza la fiesta, ayer los reunía en su casa de campo. Ella los deslumbra, los seduce, los acoge, los juzga y provoca en ellos admiración, cariño, envidia, rabia, celos. Clarissa es la luz que alumbra y quema, pero al mismo tiempo es importante señalar que se mantiene a distancia de los otros personajes, no es capaz de estrechar lazos, porque afectivamente está siempre a la defensiva, protegiéndose. Como se protegió cuando eligió marido: se casa con quien le ofrece estabilidad y seguridad, rechazando la pasión.

¿Por qué esa necesidad imperiosa de estabilidad? De joven Clarissa sintió una fuerte atracción por su amiga Rally y tuvo miedo de su posible homosexualidad. Se asomó al abismo y dio marcha atrás. Peter también le gustaba, pero provocaba en ella sentimientos que la desestabilizaban: la ponía rabiosa, la llenaba de agresividad. Uno intuye que Clarissa temió dar rienda suelta al mundo de los deseos, como si se sintiera incapaz de integrarlos en su vida. Tuvo miedo de lo que sospechaba que crecía dentro de ella. Y conciente del peligro, optó por Richard, fuente de aséptica paz.

Septimus, que es el otro eje y que representa la muerte, no conoce la paz, ni la estabilidad. La locura nubla su razón y lo hace infeliz. Lo margina de la realidad, lo desconecta del mundo.

Sin embargo es interesante cómo define Septimus los síntomas de su locura:

“Pero él no saboreaba, no sentía. En el salón de té, entre las mesas y los camareros parlanchines, le dominó de nuevo el terrible miedo: no sentía. Razonaba, leía- Dante, por ejemplo- sin dificultad (“Septimus deja ese libro”, decía Reiza , cerrando con suavidad El Inferno), era capaz de repasar la cuenta del café cuando se la presentaban; su cerebro funcionaba perfectamente; sin duda era el mundo quien tenía la culpa de que él no sintiera”. (pág. 100).

¿Qué significan estas palabras? ¿Qué el loco piensa correctamente, que su problema es la imposibilidad de sentir? Lo más lógico es creer lo contrario: el loco es aquel que siente pero no piensa de manera coherente. Veamos el caso de Septimus, el origen de su enfermedad lo encontramos en la guerra cuando muere su amigo y él, ante la pérdida y el dolor, se trastorna:

“…cuando Evans murió, en Italia, muy poco antes del armisticio, en lugar de manifestar alguna emoción o reconocer que aquello era el final de una amistad, se felicitó de no sentir nada, y lo poco que sentía sentirlo de una manera razonable… A él le fallaba algo: no sentía”. (pág. 99).

El sufrimiento es tan fuerte, tan traumático, que Septimus bloquea sus emociones, se desconecta afectivamente de los seres que lo rodean, no vibra con ellos, no reacciona. Esta desconexión sería la locura en esta novela.

En el extremo de Septimus, está Clarissa. Ella aparece siempre muy cerebral, muy reflexiva, muy controlada, pero al final de la novela, vemos a Clarissa como una mujer madura, auténtica respecto a sus sentimientos:

“Ah, cómo odiaba a aquella mujer feroz, hipócrita, corrupta, con tanto poder; la seductora de Elizabeth; la mujer que había entrado arrastrándose a su casa para robar y profanar (Qué cosa tan absurda diría Richard). La aborrecía, pero gustosamente. Los enemigos eran necesarios, no los amigos…” (pág. 196).

Deduzco que sentir= vivir sanamente para Virginia Woolf y siguiendo esta idea, Woolf da un paso adelante: mientras más maduro es el ser humano, más intenso es su sentir. Es lo que reconocen, al final de la fiesta, Sally y Peter:

“Eso es cierto, dijo Sally. Ella sentía con más hondura, más apasionadamente cada año que transcurría. Ella sentía con más intensidad, dijo él, desgraciadamente, quizás, aunque más bien habría que alegrarse por ello; su experiencia personal era que sentía con más intensidad…

Ahí tienes a Elizabeth - dijo Peter - ; no siente ni la mitad de lo que sentimos nosotros, aún no”. (pág. 217).

Por eso termina la fiesta con esa frase maravillosa:

-¿Qué importancia tiene el cerebro, comparado con el corazón? (pág. 218).

Pero también es importante señalar que, según se aprecia en la novela, la cordura que encarna Clarissa, se consigue con mucho control y sentido común. Ya que ella no se dejó llevar por la pasión, de haberlo hecho, ¿habría terminado igual que Septimus?

La sexualidad también está presente en tres de sus facetas: heterosexualidad, bisexualidad (Clarissa y Sally) y homosexualidad (la señorita Kilman). Esto demuestra la complejidad del alma humana, cada uno tiene apetitos y deseos distintos. A veces complementarios.

Sin embargo, en términos generales, lo sexual aparece como un elemento perturbador, difícil de ser asumido con naturalidad, engañoso e imposible de satisfacer. En el caso de Clarissa, ella confiesa su falta de deseo respecto a su marido:

“…no era capaz de desprenderse de una virginidad preservada en el parto y que se le pegaba como un sudario…. Sin duda, a causa de aquella frigidez suya, le había fallado… Clarissa se daba cuenta de lo que le faltaba. No era ni belleza ni inteligencia. Era algo central que lo impregnaba todo; algo cálido que subía, hirviente, y transformaba el frío contacto de hombre y mujer, o de dos mujeres”. (pág. 38).

Y Septimus, hace suyas las palabras de Shakespeare para expresar la dificultad que tiene para satisfacer a su mujer:

“Para Shakespeare, el amor entre hombre y mujer era repugnante. Consideraba la copulación una porquería. Pero Rezia quería tener hijos. Llevaban cinco años casados”. (pág. 101).

Tanto Clarissa como Septimus, renuncian a su sexualidad, los perturba demasiado, ellos la viven como una carga y no como una fuente de placer.

Tienen también dificultad para asumir la maternidad, (ella) y la paternidad, (él). Ella considera a su hija una extraña, en cambio Elizabeth es muy cercana a su padre. Septimus no puede darle el hijo que Reiza desea, porque él no lo desea.

FLUJO DE CONSCIENCIA:

La técnica utilizada para narrar es el discurso interior: las palabras fluyen con el ritmo del pensamiento en silencio, generando asociaciones libres. El mundo oscuro debe salir con la oscuridad que lo define, sin concesiones ni estructuras elaborados por la razón que intenta organizarlo. Este es el gran cambio en el siglo XX en oposición al realismo del XIX, que era un realismo exterior, centrado en el mundo objetivo. Gracias a Freud, el mundo del inconsciente adquiere un lugar importante y ayuda a definir a los personajes. Clarissa no es sólo lo que hace, si no también lo que piensa, siente y desea:

“La señora Dalloway dejó el bloc sobre la mesa del vestíbulo y empezó a subir lentamente la escalera con la mano en la barandilla, como si acabase de abandonar una fiesta en la que primero un amigo, luego otro, hubieran rechazado su mirada, sus palabras; como si hubiera cerrado la puerta, quedándose fuera, una figura solitaria ante la espantosa oscuridad de la noche o, más bien, para ser exactos, ante la mirada de aquella prosaica mañana de junio, dulcificada para algunos por el resplandor de los pétalos de las rosas, estaba segura; y lo sintió al detenerse un momento junto a la ventana abierta de la escalera que dejaba entrar en el repiqueteo de las ventanas, los ladridos de los perros, que dejaba pasar, pensó, sintiéndose repentinamente marchita, provecta, sin pecho, los esfuerzos, los jadeos, las eclosiones del día, en el exterior, al otro lado de la ventana, fuera de su cuerpo y de su cerebro que desfallecían ya, puesto que lady Bruton, cuyos almuerzos, según se decía, eran tan extraordinariamente interesantes, no se había dignado invitarla”. (pág. 38).

El párrafo intenta trasmitir cuánto le había afectado a Clarissa que lady Bruton no la hubiera invitado. Las imágenes son contundentes: se siente de pronto “marchita, provecta, sin pecho” a pesar de la linda mañana de junio. Una experiencia como esa la vive como una agresión personal que la desestabiliza, peor aún: la derrota, se siente mal física y anímicamente: “Una figura solitaria ante la espantosa oscuridad de la noche”.

El narrador se introduce en la mente y el corazón de Clarissa para dar testimonio de lo que siente y cómo elabora aquello que siente. Es interesante porque es un registro interior, recoge lo más íntimo, lo que no ha sido aún verbalizado. Y por eso mismo salta de una idea a otra, con la libertad de quien no busca comunicarse con otra persona sino consigo mismo, simulando la fluidez de la mente en silencio.

En otro párrafo, tenemos el enfrentamiento silencioso entre Mrs. Dalloway y la señorita Kilman, rivalizando por el afecto de Elizabeth. No se soportan, pero no se lo dicen, el discurso cargado de agresividad va por dentro:

“…El escándalo de Clarissa fue grande. ¿Cómo podía ser cristiana aquella mujer que le había quitado a su hija! ¡Aquella mujer que se comunicaba con presencias invisibles! ¡Aquella mujer gorda, fea, vulgar, sin simpatía ni gracias que pretendía conocer el significado de la vida!”. (pág. 142).

Y sin embargo lo que le dice inmediatamente, mientras piensa lo anterior, no traduce para nada esa rabia:

“-¿Va usted de compras con Elizabeth?- preguntó la señora Dalloway. (pág. 142).

Los dos niveles aparecen constantemente, podríamos dar muchos ejemplos, pero nos limitaremos a uno más: cuando Peter y Clarissa se encuentran después de tantos años, él piensa:

“…Sólo acababa de cumplir los cincuenta. ¡Debo decírselo, pensó, o no? Le gustaría sincerarse con ella. Pero es demasiado fría, pensó, al verla cosiendo, o con las tijeras en la mano; Daisy parecería vulgar al lado de Clarissa. Y me considerará un fracasado, que es lo que soy desde su punto de vista, pensó; desde el punto de vista de los Dalloway. Sí, claro; de eso no tenía la menor duda; él era un fracasado, si se le comparaba con todo aquello: la mesa de marquetería, la plegadera con mango de plata, el delfín y los candelabros, las fundas de las sillas y las antiguas estampas inglesas en color: ¡era un fracasado!. Aborrezco tanta vanidad y tanta presunción, pensó, obra de Richard no de Clarissa, aunque es cierto que se casó con él”. (pág. 51).

Y ella:

“Qué costumbre tan singular, pensó Clarissa; siempre jugueteando con una navaja. Y consigue, además, como antaño, que me sienta frívola, con cabeza de chorlito, una simple parlanchina estúpida. Pero ahora me toca a mí, pensó; y, empuñando de nuevo la aguja, llamó en su auxilio- como una reina cuya guardia se ha dormido, dejándola desprotegida (la visita de Peter la había desconcertado por completo, trastornándola) de manera que cualquiera puede acercarse y verla donde está tumbada con las zarzas formando una bóveda-, llamó en su auxilio las cosas que hacía, las cosas que le gustaban, a su marido, a Elizabeth, todo lo que era ella, en resumen, y que Peter apenas conocía ya, para que se congregara a su alrededor y pusiera en fuga a su enemigo”.(pág. 52).

Ese juego entre lo íntimo, que son nuestros pensamientos; y lo público, que es lo que uno expresa delante de los otros, queda reflejado en esta novela con acierto.

martes, 31 de marzo de 2009

Nueva convocatoria y otros títulos

Bueno chicas, que tenemos el blog muy abandonado.

La fecha para la cena de Virginia Woolf queda trasladada al 24 de abril. Las que no podais, avisad por favor a Luzma.

Creo que la mayoría lo habeís leido ya, por lo que, si quereís, podeis subir comentarios al blog, para ir ambientando. Yo he leido tambien Una habitación propia, un ensayo sobre lo que necesita una mujer para ser una buena novelista (una habitación con cerrojo y una renta vitalicia de 30.000 euros anuales). Me ha parecido muy interesante. Virginia era una visionaria en cuanto al tema de la mujer, aunque su conciencia social no fuese tan acertada. Tiene mucho para comentar.

Además, he leido Resurgir, de Margaret Atwood. Novela psicológica escrita en los años 70. Muy interesante. Deberiamos leer algo más de ella.

Y siguiendo con mujeres escritoras, Mary McCarthy (Seattle, 1912 – Nueva York, 1989). Estudió letras y humanidades en Vassar College. En 1933, el mismo año en que se graduó, se casó con el primero de sus cuatro maridos. Se trasladó a Nueva York, donde comenzó su brillante carrera como editora, crítica y novelista. Divorciada de su primer marido, en 1938 se casó con el famoso crítico literario Edmund Wilson, con el que tuvo su único hijo. Fue profesora de literatura en el Bard Collage y, posteriormente, en el Sarah Lawrence College. A partir de 1962 pasó gran parte de su vida en París. Su creación literaria destaca por la agudeza del análisis, la crítica al 'establishment' norteamericano y la intuitiva capacidad de profundización psicológica. Sus ensayos tocan temas tan diversos como la emancipación sexual, el comunismo, la proliferación nuclear, la guerra del Vietnam o el caso Watergate. McCarthy fue también íntima amiga de la filósofa Hannah Arendt, de cuya relación conservamos una prolífica correspondencia publicada bajo el título "Entre amigas" (1998). En su extensa obra destacan "Memorias de una joven católica" y "El grupo".

He empezado "El grupo" y me está enganchando totalmente. Leed la crítica de Elena sobre este libro y los comentarios de otros blogueros (por cierto, un blog muy interesante). Para estas vacaciones he cogido "Memorias de una joven católica", "Pájaros de América" y "Entre amigas".
¿Habeís leido algo de esta escritora?
Tambien he cogido "La piel del lobo", que recomendasteis en la ultima cena.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Guia de estudio de la Sra Dalloway

Aquí tenéis una completa guía para el estudio y análisis de La Sra Dalloway, incluyendo análisis de los personajes, temas de la novela, análisis por capítulos y hasta un test al final. En inglés.
He encontrado en la biblioteca de Areeta un libro de relatos que Virginia escribió junto con la Sra Dalloway, y se titula La Señora Dalloway recibe. Interesante, sobre todo la introducción en la que se explica el interés de Virginia por el "party".

domingo, 8 de marzo de 2009

Virginia Woolf

Biografía (Wikipedia)
Virginia Woolf, cuyo nombre completo de soltera era Adeline Virginia Stephen (Londres, 25 de enero de 1882- Lewes, Sussex, 28 de marzo de 1941), fue una destacada escritora y editora británica. Aunque empezó su carrera literaria escribiendo ensayos y crítica literaria, destacó sobre todo como novelista. Durante el período de entreguerras, se convirtió en una importante figura de la sociedad literaria londinense y formó parte del Grupo de Bloomsbury. Sus novelas más conocidas son La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando (1928), Las olas (1931) y Entre actos (1941).
Virginia Stephen era hija del novelista, historiador, ensayista y biógrafo Sir Leslie Stephen (1832-1904) y de su segunda esposa, Julia Prinsep Jackson (1846-1905). Tuvo tres hermanos: Vanessa (1879-1961), Thoby (1880-1906) y Adrian Stephen (1883-1948). Tenía además una media hermana, Laura Makepeace Stephen (1870-1945), nacida del matrimonio anterior de su padre con Harriet Marion Thackeray; y tres medio hermanos: George (1868-1934), Stella (1869-1897) y Gerald Duckworth (1870-1937), del primer matrimonio de su madre. La residencia familiar, situada en el 22 de Hyde Park Gate, en el barrio londinense de Kensington, era frecuentada por la élite intelectual y artística de la época.
Psicoanalistas y biógrafos de Woolf han escrito que sus hermanastros Gerald y George Duckworth abusaron sexualmente de ella durante su infancia y adolescencia, y que esos abusos, cuyas circunstancias exactas no se conocen bien, están en el origen del problema psicológico que sufrió la autora, un trastorno bipolar. En su texto autobiográfico A Sketch of the Past, la propia Virginia Woolf solo aludió a estas desdichadas experiencias de forma velada, de acuerdo con la rígida moral de la época victoriana.
Aunque no fue a la escuela, Woolf recibió clases de profesores particulares y de su padre. Quedó impresionada por la obra literaria de su padre, así como por su actividad como editor del monumental Dictionary of National Biography, y por la amplitud de su biblioteca privada, que estimuló en ella el deseo de convertirse en escritora. Cuando falleció su madre, el 5 de mayo de 1895, Virginia sufrió su primera depresión.
Tras la muerte por cáncer de su padre, en 1904, y un intento de suicidio por ingestión de somníferos, se estableció con su hermana Vanessa y sus dos hermanos en el barrio londinense de Bloomsbury, que se convirtió en centro de reunión de antiguos compañeros universitarios de su hermano mayor, entre los que figuraban intelectuales de la talla del escritor E. M. Forster, el economista J. M. Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, y que sería conocido como el grupo o círculo de Bloomsbury.
En 1912, cuando contaba treinta años, se casó con
Leonard Woolf, economista y miembro también del grupo de Bloomsbury, con quien fundó en 1917 la célebre editorial Hogarth Press, que editó la obra de la propia Virginia y la de otros relevantes escritores, como Katherine Mansfield, T. S. Eliot o Sigmund Freud. Sus primeras novelas, Fin de viaje y Noche y día, ponen ya de manifiesto la intención de la escritora de romper los moldes narrativos heredados de la novelística inglesa anterior, en especial la subordinación de personajes y acciones al argumento general de la novela, así como las descripciones de ambientes y personajes tradicionales; sin embargo, estos primeros títulos apenas merecieron consideración por parte de la crítica. Sólo tras la publicación de La señora Dalloway y Al faro los críticos comenzaron a elogiar su originalidad literaria. En estas obras llaman ya la atención la maestría técnica y el afán experimental de la autora, quien introducía además en la prosa novelística un estilo y unas imágenes hasta entonces más propios de la poesía.
Desaparecidas la acción y la intriga, sus narraciones se esfuerzan por captar la vida cambiante e inasible de la conciencia. Influida por la filosofía de
Henri Bergson, Woolf experimentó con especial interés con el tiempo narrativo, tanto en su aspecto individual, en el flujo de variaciones en la conciencia del personaje, como en su relación con el tiempo histórico y colectivo. Así, Orlando constituye una fantasía libre, basada en algunos pasajes de la vida de Vita Sackville-West, su amante lesbiana desde 1922 y también escritora, en que la protagonista vive cinco siglos de la historia inglesa. En Las olas presenta el «flujo de conciencia» de seis personajes distintos, es decir, la corriente preconsciente de ideas tal como aparece en la mente, a diferencia del lógico y bien trabado monólogo tradicional. Escribió así mismo una serie de ensayos que giraban en torno de la condición de la mujer, en los que resaltó la construcción social de la identidad femenina y reivindicó el papel de la mujer escritora. En Una habitación propia revela la evolución de su pensamiento feminista. Destacó a su vez como crítica literaria, y fue autora de dos biografías: una divertida recreación de la vida de los Browning a través de los ojos de su perro (Flush) y otra sobre el crítico R. Fry (Fry). Asimismo, junto a E. M. Forster, llegó a escribir una carta a varios periódicos ingleses sobre el efecto que la censura tenía sobre el ánimo de los escritores, a raíz del intento del Sunday Express de condenar la novela de temática lésbica El pozo de la soledad (The Well of Loneliness, en inglés), de Hall.
Durante su vida, sufrió una enfermedad mental hoy conocida como
trastorno bipolar, que la llevó a suicidarse el 28 de marzo de 1941, lanzándose al río Ouse, en Rodemell con varios montones de piedras en los bolsillos. Había desaparecido de su casa el día anterior.
El nombre de Virginia Woolf está unido al grupo de Bloomsbury, formado por artistas que compartían ciertos criterios estéticos. El grupo de Bloomsbury, llamado así por el barrio londinense donde vivían muchos de ellos, muestra cierto rechazo hacia la clase media alta a la que pertenecen, y es heredero de las teorías estecistas de Walter Pater que tuvieron resonancia a finales de siglo XIX. Dentro de este grupo hubo intensas relaciones intelectuales, pero también emotivas y personales. Formaron parte de él, la pintora Dora Carrington y los escritores Gerald Brenan y Lytton Strachey, entre otros.


La novelista Virginia Woolf dijo: "La cosa me sorprende ¿que son estos ataques repentinos de total agotamiento?. Vengo aquí a escribir; no puedo ni acabar una frase; estoy arrastrada hacia abajo; ahora estoy sintiendo este indefinible impulso: ¿el subconsciente deribándome hacia su interior?. He estado leyendo a Faber sobre Newman; he comparado su relato de una depresión nerviosa; el rechazo de alguna parte del mecanismo. ¿Es esto lo que a mi me sucede?. No exactamente. Pues yo no me estoy evadiendo de nada. No. Creo que el esfuerzo de vivir en dos esferas; la novela y la vida, es una tensión....
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Virginia Woolf: la melancólica pasajera del vicio absurdo
Iván Quezada E.

¿Cómo evitar la guerra?, es la pregunta que la autora británica fallecida en 1941 intentó responder en su ensayo Tres Guineas, donde expuso críticamente la discriminación que afecta a la mujer en el trabajo y en el acceso a la educación.
En la obra de la autora inglesa Virginia Woolf (1882-1941) el tiempo está representado con la metáfora de las olas Pero, además de figura literaria, la escritora también utilizó la imagen para describir el estado de ánimo que la atenazó todos los días de su vida. "La sensación-afirmaba- de que la primera hora de cada mañana es algo tan dulce y calmo como el suave golpe de una ola, unida al presentimiento casi permanente de que algo horroroso está siempre a punto de ocurrir." A esta forma de melancolía ella la llamó "vicio absurdo". Cuando esta cotidiana sacudida del alma alcanzó su mayor intensidad, dejó de ser su fuente de inspiración y se convirtió en la condena que la condujo al suicidio, una mañana a finales de marzo (ver recuadro) Además de ficción, Virginia Woolf escribió algunos notables ensayos acerca de las condiciones de vida de la mujer en la sociedad actual. Este es el caso de Tres Guineas (Lumen), libro que acaba de aparecer en Chile.
En dicho texto -publicado en Inglaterra en 1938, a sólo meses de la Segunda Guerra Mundial-, la autora intentó resolver la interrogante de "¿cómo podemos evitar los conflictos bélicos?", que un lector desconocido le hizo a través de una emotiva carta.
La respuesta le tomó tres años de reflexión. Según ella, antes de tratar de abordar la pregunta, era necesario precisar las circunstancias que les han impedido a las mujeres tener un papel más decisivo en el asunto de la guerra. Los hechos claves a este respecto, a su juicio, son la desigualdad de oportunidades en el trabajo y en el acceso a la enseñanza,lo que impediría la formación de un mundo integrado y pacífico.
Al igual que en su célebre ensayo Un Cuarto Propio -donde se refiere a las dificultades de una mujer para ser escritora-, su postura es claramente feminista, aunque no dogmática. Por el contrario, su propósito es lograr un diálogo con los hombres que permita un posible entendimiento.
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El último paseo de Virginia Woolf

Empezaba la primavera de 1941. Las noticias de la Segunda Guerra Mundial habían profundizado la natural depresión de Virginia Woolf hasta un punto que sólo ella comprendía. Ese día en particular, el 28 de marzo, su estado era tan alarmante que su marido, Leonard Woolf, le aconsejó que se distrajera con las labores domésticas. Ella le hizo caso a regañadientes,hasta que decidió dar un paseo.
Luego que los bombardeos nazis destruyeran su casa de Londres, el matrimonio se había refugiado en su cabaña de Rodmell, a unos pocos kilómetros del Canal de la Mancha. Antes de salir a caminar, Virginia escribió en el jardín sus últimas cartas de despedida, a Leonard y a su hermana Vanessa, y a continuación dirigió sus pasos al río Ouse. La búsqueda de sus restos concluyó dos semanas después, cuando un par de niños divisaron su cuerpo flotando en la corriente y aún envuelto en un abrigo cuyos
bolsillos estaban llenos de piedras.

domingo, 22 de febrero de 2009

Propuestas para el próximo mes

Queridas contertulias, ya que ninguna se anima a hacer propuestas para el próximo mes, yo sigo insistiendo en las mías (con el apoyo de Ana), a ver si consigo tentaros.
Marta.


La señora Dalloway.
Virginia Woolf.


La señora Dalloway (1925) es una
novela de Virginia Woolf detallando un día en la vida de la protagonista Clarissa Dalloway en Inglaterra después de la Primera Guerra Mundial, en una narrativa de estilo de flujo de consciencia. Construida a través de dos pequeñas historias que Woolf había escrito previamente ("La señora Dalloway en Bond Street" y su inconclusa "El Primer Ministro") la historia básica es que los preparativos de Clarissa para una fiesta que va a ofrecer esa noche. Usando la perspectiva interior de la novela, Woolf se mueve hacia atrás y adelante en el tiempo, y dentro y fuera de la mente de varios personajes para construir una imagen completa, no solo de la vida de Clarissa, sino de la estructura social entre guerras.
Debido a similaridades estructurales y estilísticas, comúnmente se cree que La señora Dalloway es una respuesta al
Ulises de James Joyce, un texto que es admirado como una de las grandes novelas del Siglo XX. Woolf misma se burló de la obra maestra de Joyce (la Hogarth Press, administrada por ella y su esposo Leonard, rechazó la oportunidad de publicar la novela en Inglaterra). Fundamentalmente, sin embargo, La señora Dalloway explora en nuevos terrenos y busca presentar un aspecto diferente de la experiencia humana.
La novela por sí misma se preocupa de un número de temas. Prominentemente son ciertamente, el
feminismo y la locura, en los personajes aparejados de Clarissa Dalloway y Septimus Warren Smith. Como un comentario en la sociedad entre guerras, el personaje de Clarissa remarca el rol de las mujeres como el proverbial "Angel en la Casa" y personifica a la represión sexual y económica. Septimus, como el héroe de guerra traumatizado, opera como un criticismo afilado del tratamiento de la locura y la depresión. Woolf azota al discurso médico a través del deterioro de Septimus y su eventual suicidio. Similaridades en la condición de Septimus y las propias peleas de Woolf con la depresión maniaca (ambos alucinan que las aves cantan en griego, y Woolf alguna vez intentó lanzarse a sí misma por una ventana como Septimus finalmente lo hace) llevan a muchos a leer un aspecto fuertemente auto-biográfico en el personaje de Septimus. Ultimadamente, la novela sirve como comentario en un amplio espectro de temas, desde el colonialismo (en Peter Walsh), el comercialismo y la medicina, hasta el feminismo, la bisexualidad (Sally Seton), y la política.
Adoptando el recurso del argumento usado por James Joyce en Ulises, la narrativa presente en La señora Dalloway está diseñada como la secuencia de un sólo día en Junio. La novela abre convencionalmente con la oración, 'La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores' . Este es el evento exterior, lo que sigue, sin embargo, es una zambullida en el pasado de Clarissa Dalloway y dentro de sus memorias del aire abierto en Bourton donde pasó su adolescencia mucho antes de que se convirtiera en la señora Dalloway. Sus recuerdos de esos tiempos la llevan a pensar en Peter Walsh como era entonces: recuerda sus palabras ¿Reflexionando entre los vegetales?, o algo así, no puede ser exacta. Pero también piensa en él en el presente: 'Estaría de vuelta de la India uno de esos días, Junio o Julio, olvidó cual'. Un párrafo después, está de vuelta en la calle, esperando que pase la furgoneta de Durtnall para que pueda cruzar el camino para ir y comprar las flores. Ya es de por sí aparente en esos párrafos inaugurantes que el pasado está íntimamente involucrado con el presente. El pasado no es sólo el antecedente del presente, se convierte parte de él por virtud de la asociación de Clarissa de la frescura de la mañana de Junio con Bourton y Peter. La fluidez del movimiento entre el pasado y el presente, lo cual suaviza y empaña las líneas de su oposición tradicional, es enfatizada por la igual vaguedad del recuerdo de Clarissa de las palabras de Peter en Bourton: '¿Reflexionando entre los vegetales?'--¿Qué era eso?--Prefiero hombres a las coliflores'--¿Qué era eso?' y su indecisión sobre el mes de su regreso de la India, 'Junio o Julio, olvidó cual'.

Las horas.
Michael Cunningham

Michael Cunningham es autor de tan solo tres novelas y es el flamante premio Pulitzer de 1999. En Las horas nos encontramos con tres mujeres que viven en tiempos y lugares diferentes. Cada una tiene su propio espacio en la novela con los capítulos correspondientes, pero éstos se intercalan de manera que se recrea la ilusión de que sus propias vidas participan y son parte de una experiencia común. La primera que conocemos es a Virginia Woolf, sí, la Virginia Woolf de Mrs. Dalloway, cuando un día de junio de 1923 comienza a escribir su novela y recibe la visita de su hermana Vanessa. La segunda protagonista es la Sra. Brown, Laura Brown, en Los ángeles de 1949, mientras prepara la fiesta de cumpleaños de su esposo y que va a leer la novela Mrs. Dalloway. Por último Clarissa Vaughan, del Nueva York de los 90, que prepara una fiesta para su amigo Richard Brown, afectado por el SIDA, al haber recibido un premio de poesía. En otros tiempos esta pareja mantuvo una relación; era cuando Richard llamaba a Clarissa “Mrs. Dalloway”. El lector conocerá los acontecimientos de un día en la vida de cada uno de los personajes, tiempo suficiente para desvelarnos las ilusiones y miedos de estas tres heroínas.Este brevísimo recorrido argumental bien puede inducir a pensar que nos encontramos ante una novela con una añadida dificultad de lectura; en absoluto. Aunque intercaladas, las tres historias se desarrollan de forma lineal sin intervenir la una en la otra. Tan sólo sutiles e imaginativas pinceladas, como cuando dejamos a Virginia escribiendo la primera línea de su novela y a continuación encontramos a Laura leyendo esa misma línea. El primer título que Virginia Woolf tenía pensado para su novela era precisamente Las horas y recordarán los lectores que el argumento de Mrs. Dalloway tiene que ver con los preparativos de una fiesta. No son éstos los únicos préstamos que toma Cunningham. Clarissa compra flores para la fiesta, es bisexual, vive con su amiga Sally; Laura, que tiene un hijo y está embarazada, tendrá que escaparse durante unas horas a un motel para poder leer... Pero además de todos estos aspectos puramente formales, que sin duda alguna sirven para soldar Las horas y Mrs. Dalloway, la novela de Cunningham también recoge todo el oscurantismo, la ansiedad contenida en la de Woolf y todo ello en un ambiente de absoluta normalidad. Pese a lo expuesto, no debe pensarse que la segunda es una simple secuela de la primera pues las conexiones entre las dos obras van mucho más allá de meros aspectos formales. Lo que de verdad interesa es que para entender Las horas no es necesario haber leído previamente Mrs. Dalloway, aunque si ya la han leído gozarán de un placer añadido; y que en este último premio Pulitzer encontrarán un excelente estudio de las penalidades de la creación artística, de los límites de la sexualidad, del poder de los recuerdos y la gran maravilla que es la literatura.
José Antonio GURPEGUI